Porqué seguimos pensando que nuestras mentes continúan funcionando después de morir
El filósofo y fundador del Centro para el Naturalismo Thomas W. Clark escribió en un artículo de 1994 en la revista Humanist:
“Aquí … está el punto de vista habitual sobre el asunto: Cuando morimos, lo que viene es la nada; la muerte es un abismo, un agujero negro, el final de la experiencia; es el vacío eterno, la extinción permanente del ser. Y en ello, básicamente, se halla el error contenido en tal punto de vista: abarcar la nada—convertirla en una condición positiva o en una cualidad (por ejemplo, la “negritud”)—y después poner al individuo en ella tras la muerte, para que de algún modo caigamos en esa nada, para quedarnos allí eternamente.”
La paradoja es aplicable incluso a los que no creen en la vida después de la muerte.
De entrada, hay que comprender que jamás sabremos que hemos muerto. Por mucho que uno sienta que “se va”, no quedará un “yo” que pueda atestiguar a posteriori que el proceso se ha completado, más que nada porque ya no quedará ningún córtex cerebral en funcionamiento. Por ello Goethe escribió que “todos llevamos en nuestro interior la prueba de nuestra propia inmortalidad”. Además, existen toda una serie de factores culturales que nos impiden afrontar el hecho en toda su perspectiva.
Resulta muy difícil conceptualizar la inexistencia, pues nunca hemos estado conscientemente inconscientes. Para nosotros es mucho más “natural” imaginar que los muertos existen en algún lugar vago y fuera de nuestro alcance, viviendo su muerte con toda… ¿naturalidad?
1 year ago